El Amor en la Adolescencia

June 11, 2018 | Author: Anonymous | Category: Documents
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  Revista Uruguaya de Psicoanálisis 2004 ; 99 : 132 - 152

El Amor en la Adolescencia ( Los adolescentes que no pueden amar) Gonzalo Varela Viglietti1

«La historia de amor («la aventura») es el tributo que el enamorado debe pagar al mundo  para reconciliarse con él» De: «Fragmentos de un discurso amoroso» Roland Barthes.

“Si comienzo por el amor, es que el amor es para todos –les gusta negarlo- la gran cosa de la vida” De: “Selección de máximas consoladoras sobre el amor”. Charles Baudelaire.

A modo de introducción. “Es llamativo, además, que sólo se hayan señalado hasta ahora los aspectos ingratos del crecimiento, dejando de lado la felicidad  y la creatividad plenas que caracterizan también al adolescente”. Arminda Aberastury

Comienzo con estas palabras de Aberastury (1971) porque como ella, yo tampoco creo que la adolescencia sea tan solo dolor, pena y sufrimiento como a menudo se ha creído, dejando de lado, la gran creatividad, la enorme capacidad de amar, y la in1. Miembro Titular Titular de A.P.U. A.P.U. Comercio 1941. C.P. C.P. 11400. 11400. Tel. Tel. 507 3446. E-mail: [email protected] [email protected] - Montevideo. Uruguay.

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creíble plasticidad para el cambio que también son propias de esta edad. Pero abordar un tema como el del amor, no es tarea sencilla. La complejidad ya ha sido puesta de manifiesto por David (1971): ¿Cómo pasar de una experiencia sensible a la teoría de un estado? ¿Se puede «hablar» del amor? ¿Teorizar sobre un sentimiento que, como tal, se refiere fundamentalmente al registro de la experiencia sensible? Y más específicamente, ¿cuál podría ser la importancia que podríamos conferir a la experiencia amorosa en el curso del proceso adolescente? Durante mucho tiempo, e influidos creo yo por el gran peso que tuvo el descubrimiento de la sexualidad infantil, se pensó que todo lo importante se jugaba en la primera infancia, y que era allí  donde quedaba signado el futuro psíquico de una persona. Louise Kaplan fue una de las primeras analistas en sostener que la adolescencia no era la simple repetición de ninguna de las fases anteriores del desarrollo desarrollo del niño, y con ello se enfrentaba enfrentaba a un pensamiento sólidamente consolidado en los círculos analíticos, y que llega aún hasta nuestros días. Dicho pensamiento insistía en ver el proceso adolescente como simple recapitulación de la sexualidad infantil y de sus vicisitudes. Si bien es cierto que el amor adolescente no puede ser entendido si no es en relación al vínculo infantil con los padres, en donde él toma cuerpo, no es menos cierto que no le podemos reducir a ello. El florecimiento de la sexualidad durante la adolescencia, confiere a esta etapa de la vida características particulares pues el campo de la sexualidad es un campo privilegiado para los procesos de resignificación. Lo que querría sostener es que los amores de la adolescencia no son la simple repetición de los amores de la infancia. El amor adolescente es algo más, es mucho más. P. Gutton (1998) ha planteado la tesis de que “la construcción adolescente del sujeto se desarrolla por estados amorosos sucesivos”.2 2. Citado por C. David (1998)

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Crecer es amar... y amar es crecer, sostiene asimismo C. David (1998) pues: “...los amores preedípicos y edípicos que han contribuido al   jalonamiento del crecimiento infantil van a encontrarse a la vez reactivados y transformados a partir de la pubertad y en función de las nuevas experiencias eróticas que ella entraña”. Durante la adolescencia, el desarrollo de una progresiva disposición para el amor es, a mi modo de ver, un confiable indicador de un reposicionamiento libidinal y narcisista que nos habla de un proceso que marcha bien. Los amores de la adolescencia, aquellos que suceden en el transcurso de un análisis –y aunque a menudo lo dificulten- son asimismo fiel testimonio del progreso del mismo. Las patologías graves de la adolescencia –y aún algunas no tan graves- perturban rápidamente, y casi sin excepciones la capacidad del adolescente para establecer nuevos lazos de amor. La investidura de nuevos objetos de amor, en virtud de la fragilidad narcisista3 que conlleva se transforma en una tarea imposible. En estos casos, el adolescente –como sostiene Braconnier (1991)- no puede “prendarse” de un nuevo objeto pues no puede desprenderse de su objeto originario. La posibilidad de enamorarse, en cambio, cuando aparece, es señal inequívoca de una transformación, implicando todo un reacomodamiento de las investiduras. Pero tomar el riesgo de amar a otro, es algo a lo cual no todos los adolescentes están dispuestos. Hacerlo, arriesgarse a “reencontrar” al objeto –en el sentido en que Freud lo proponía en “Tres Ensayos”- supone para el adolescente enfrentar el miedo que provocan la sustitución y la espera. Las oscilaciones entre “amor de transferencia” y amor en “el mundo” favorecen dicho 3 El «conflicto» entre lo objetal y lo narcisístico es un concepto largamente trabajado  por los psicoanalistas franceses que se han dedicado al estudio de la adolescencia. Véase por ejemplo lo que sostiene F. Ladame (1997): «... ressentir un désir pour un autre que soi, nécessité de la sexualité humaine adulte, avec ses perspectives de satisfaction libidinale et d’enrichissement narcissique devient une menace pour  l’integrité de son propre sentiment d’existence quand les assises du Moi sont trop  fragiles». Pero, como es habitual que suceda, los poetas, ya se les habían adelantado.: “¿Qué es el amor? La necesidad de salir de sí”. De “Diarios íntimos” (“Mon coeur  mis à nu) Charles Baudelaire.

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proceso de desasimiento del objeto original. El trabajo psíquico de perlaboración que supone la transformación del objeto de amor se pone en marcha y con él la posibilidad de (re) encontrar un “nuevo” objeto.

El proceso de desasimiento de los primeros objetos de amor. La importancia que adquieren las fantasías incestuosas que acompañan al empuje pulsional que ocurre durante la pubertad provocan en general el aislamiento y repliegue del adolescente con respecto a su núcleo familiar. Se aísla de sus padres y hermanos, pasa largas horas en la soledad de su habitación, evita el contacto físico, y trata de pasar buena parte del día fuera de casa. Y ese mismo adolescente, de una exquisita sensibilidad y una enorme solidaridad cuando se trata del vínculo con sus pares, se transforma en un monstruo profundamente egoísta, hosco, malhumorado e imposible de contentar cuando se encuentra en el hogar. Así ha comenzado ese largo y penoso proceso que consiste en el desasimiento de los primeros objetos de amor. Su contrapartida: esa enorme capacidad de enamorarse propia del adolescente, su pasión, su capacidad para construir ese “gran amor”, ese “primer amor” que luego recordará con nostalgia, pues entre tanto, habrá olvidado lo que le hizo padecer. Pues ese amor que le reveló el cielo, también le hizo conocer los infiernos, pero de eso, probablemente, ya no habrá recuerdos. Es que el desafío del amor, significa también la posibilidad del sufrimiento 4 . La lógica del amor es contradictoria. Dice Barthes (1977): “Protesto desde otra lógica: soy a la vez y contradictoriamente feliz e infeliz”. El sufrimiento no es algo que llega después del amor. Vive con él. Asoma en cada uno de sus intersticios 5 . También Nasio (1996) va a referirse a esa “paradoja insupe4. “Éros qui rit ne peut se concevoir sans Éros qui pleure”. (Braconnier, A., 1998) 5. Iván Tourgueniev, refiriéndose a su primer amor dice: “Ma passion date de ce jourlà, ai-je dit; je pourrais ajuoter qu´il en est de même pour ma souffrance”. Citado  por Patrice Huerre en “Experiences d´amour”. Adolescence, 1998, 16, 2, pp 241).

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rable del amor”: “cuanto más se ama, más se sufre”. ¿Y quién ama con más pasión que el adolescente? Es que la angustia por la pérdida del amor, comienza junto con el amor. La angustia -sostiene Barthes (1977), parafraseando en esto a Winnicott- es el temor de una pérdida que en realidad ya sucedió. Sería necesario que alguien pudiera decirme: “No estés más angustiado, ya lo(a) has perdido”. El abandono de la posición púber a menudo replegada sobre sí y sobre su cuerpo así como sobre el grupo de otros púberes del mismo sexo supone el abandono de una posición narcisista y omnipotente y supone al mismo tiempo que el adolescente se siente más capacitado para enfrentar todo el dolor y el sufrimiento que supone amar a otro. El adolescente posee una extraordinaria predisposición al amor. En la temprana pubertad, los jóvenes, más que enamorados de los otros, parecen estar en realidad enamorados del amor6 . Y si dicho amor, más adelante pierde su objeto, más que llorar por el objeto, se les ve penando por el amor 7 . Pero a medida que progresa el crecimiento, el deseo de encontrar otro a quien amar, y ser amado por él, cobra fuerza, aunque dicho acercamiento al amor, a un amor, se desarrolle siempre en un ambiente marcado por una profunda ambivalencia, entre el deseo y el temor, entre la apetencia del otro y el miedo del otro. Entre un querer apresarlo, y un temor de perderlo.

Un bebé va a morir “El narcisismo en la adolescencia nos hace remontar el curso de la historia más allá del edipo, a esa situación a la cual es más difícil renunciar que a 6. “... por una perversión típicamente amorosa lo que el sujeto ama es el amor y no el objeto” (Barthes, R., 1977) 7. L. Kaplan (1986) habló de una verdadera «ars erótica» de la adolescencia como   proceso que permitiría la transformación de «el amor a sí mismo» propio de los  primeros años de la adolescencia en «amor a la especie», que caracteriza su final y que incluiría también el desarrollo moral y las aspiraciones culturales que son propias de esta edad. A diferencia de estos últimos, los primeros amores de la adolescencia, son amores narcisistas «de provecho propio».

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una satisfacción erótica: aquélla en la que uno es la joya, la perla, la  pupila del ojo de la madre. ¿Se cura uno de eso? Pasar a la conquista del objeto edípico y al renunciamiento de esa meta de la sexualidad infantil, para encaminarse hacia objetos ni incestuosos ni parricidas, es un largo, difícil y tortuoso camino donde muchos se detienen antes de la línea de llegada”. A. Green

La primera vez que vi a Viviana me impresionó su aspecto infantil. El modo en que se vestía, sus expresiones y sus gestos no se llevaban bien con sus 14 años. Su alta estatura -que hacía aún mas evidente su extrema delgadez- confería a su figura un aspecto discordante. El adelgazamiento había borrado de su cuerpo todo rasgo femenino. Los comienzos de este análisis –si es que así podemos llamarlo- no fueron sencillos. Pasé interminables horas escuchándole hablar de recetas, dietas y comidas. Las preocupaciones obsesivas por su peso y su imagen corporal, junto a una hiperactividad irrefrenable hacían imposible al principio la creación de un espacio psíquico en el cual fuese posible pensar. Sus únicas preocupaciones: la restricción alimenticia, y su rendimiento escolar, que como es frecuente en estos casos, era excelente. Creo hoy que por una mezcla de desesperación e impotencia le pedí que empezara a escribir un diario. Al principio sólo registraba en él lo que comía pero a medida que transcurría el tiempo – y el análisis- comenzaron a aparecer impresiones, emociones, sentimientos que aunque en un principio evidenciaban ser de una extrema superficialidad auguraban sin embargo el incipiente desarrollo de un “espesor” psíquico hasta entonces inexistente. Nos hallábamos ya en el tercer año de su análisis –ahora ya no sentía reparos en llamarlo de esta forma- y su vida afectiva había ido complejizándose cada vez más. Así lo reflejaba su diario, la marcha del análisis, y sus sueños, que por ese entonces comenzaron a aparecer. Desde hacía ya un tiempo había roto su aislamiento a través de un vínculo muy “pegoteado” con una “me  jor amiga” con la que pasaba horas conversando por teléfono,

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pero esta amiga “la traicionó”, consiguiéndose un novio. Parecía que algo adolescente había por fin aparecido. Por ese entonces era frecuente que ella comenzara sus sesiones con la lectura de su diario, y así lo hizo también ese día: “Cuando este año volviendo de las vacaciones llegué a Montevideo, empecé a darme mucho con Helena ya que Elisa, mi mejor  amiga, estaba dando exámenes y saliendo mucho con el novio.   Así surgió esta nueva amistad. Yo iba casi todos los días a su casa, íbamos a la playa juntas; le daba consejos de vida. Me había dado cuenta de que había otras amigas a mi alrededor y de que yo había estado ciega a todo eso. Mi mundo era sólo en torno a Elisa y no me daba lugar a conocer a otras personas. Se aproximaba el cumpleaños de Helena, para ese entonces ella ya sabía que Ernesto me simpatizaba. (Pero nadie sabía lo mucho que yo quería conquistarlo). Lo invitó al cumpleaños y desde ese momento empezó nuestra historia. Pasamos toda esa noche hablando. Después nos fuimos todos a un bar y allí empe  zamos a hablar de cosas más íntimas. Esa noche, yo, disimuladamente, con mis estrategias de conquista y bien sutilmente logré que Ernesto me acompañara a mi casa en taxi. Las cosas estaban yendo demasiado rápido para mi gusto pero yo no sé por qué, de todas formas, quise que me acompañara a casa.  Estaba con mucho miedo porque sabía qué clase de persona era  Ernesto pero la decisión de que me acompañara en taxi ya estaba tomada y él, cuando llegásemos a mi casa iba ser dueño de ba jarse del taxi o de seguir. En ese instante el corazón me latía muy muy fuerte, porque si se bajaba yo no sabía cómo iba a responder, si intuitivamente o racionalmente. Por suerte esa noche siguió en el taxi y yo no tuve que pensar más en ello; pero cuando llegué a mi casa y me acosté ya nada era como antes. Antes me acostaba sin pensar en nadie, no me hacía malasangre por nada,   y no corría ningún riesgo de que la persona con la que estaba saliendo me fuera infiel. Antes, yo no vivía pendiente del teléfono, simplemente me acostaba y me dormía. Pero esa noche pensé  mucho en él y en la clase de persona que aparentemente era,  porque él siempre fue una persona con mucha fama: toma, fuma

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 y estaba con cualquier chica que se le cruzara. Yo sabía que estaba muy expuesta. Podría meterme los cuernos cuantas veces él quisiera y yo no enterarme. Sabía que correría un gran riesgo  pero decidí arriesgarme porque si no me iba a quedar siempre en el mismo punto no iba a avanzar ni iba a retroceder; y sé que la vida no es así. Si fracasás habrás aprendido algo nuevo. Sé que en el momento es muy difícil de entenderlo pero después de que  pasa el tiempo forma parte de tu historia, viviste ese momento en carne propia y habrás aprendido de tu fracaso también en carne   propia. El realmente demostraba un gran interés en mí pero yo no me quería hacer muchas ilusiones; no me quería enamorar de alguien para después tener que sufrir.

En ese momento se detiene, cierra su cuaderno y me dice: Sabés que anoche tuve un sueño rarísimo. Te cuento: yo estaba embarazada; estaban Ernesto, Pablo,   Elisa, y no me acuerdo qué otros. Estábamos en una casa como de la playa en la parte del fondo, creo. Me acuerdo que yo le decía a una persona lo siguiente: “¡imaginate cuando tenga mi bebé!! Pero pensaba: si lo tengo capaz que me muero antes, así  que no me quiero hacer muchas ilusiones con esto”; y al final había una imagen: yo me estaba sacando leche y les decía “imagínense después yo, llena de leche”. No voy a relatar todas sus asociaciones a este sueño, ni los distintos caminos por los que nos condujo. Sólo me detendré, en algunos aspectos que nos serán de utilidad para comprender me  jor lo que quiero plantear. El encuentro con el otro sexo, encuentro deseado, excitante, pero al mismo tiempo lleno de temores y prerrogativas había dado lugar en la paciente a una fantasía de embarazo. Pero ésta, ya no era como en la infancia un simple juego de niños. El embarazo era ahora posible y con él se desplegaba también en el horizonte la idea de la muerte. Una primera lectura nos permitía ver a la paciente “como embarazada de un gran amor”, pero ese amor que nacía, también podía morir, y entonces, mejor no hacerse muchas

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ilusiones8 . En ese sentido el sueño parecía continuar con el desarrollo de las preocupaciones que ella venía de confesarme momentos antes. Pero lo más interesante surgió cuando le hice ver la ambigüedad de la expresión “  yo llena de leche” que sin duda evocaba la imagen de la mujer embarazada, pero que creaba en mí, también, la fantasía de un bebé lleno de leche. El significante “leche” operaba allí como un puente verbal que permitía una mediación entre una “ leche” que la embarazaba (la de su novio) y esa otra leche alimento que da la madre a su bebé. Enamorarse, en una segunda lectura del sueño, podía significar entonces “la muerte de un bebé”, ella misma bebé llena de leche, como figura de una idealizada relación originaria con su madre. Es que enamorarse, supone la renuncia a ese bebé lleno de leche, imagen omnipotente de una relación idealizada con el objeto originario. Pero además, en el sueño, ella estaba “sacándose leche” lo que no puede dejar de evocarnos la imagen siniestra de una mamá que ha perdido a su bebé. La muerte de un “bebé”, la muerte de una “madre”, dos representaciones que amenazan la consolidación de todo amor adolescente y entre las que bascula, sin pausa posible, todo primer amor. Hace ya algunos años, L. Kaplan (1986) sostenía que la adolescencia suponía el “complejísimo drama de pasar de una zona de la existencia a otra”. Del pequeño mundo de la vida familiar, al amplio universo de una existencia social y cultural. En este marco, me gustaría sostener que las experiencias amorosas de la adolescencia funcionan a la manera de unos “ ritos de pasaje” que no solamente permiten la transformación del objeto de amor, sino que además orientan al adolescente en el tiempo. La experiencia amorosa que “nace, crece, hace sufrir y pasa” (Barthes, R., 1977) tensa la experiencia adolescente del tiempo y le ubica en una linealidad irreversible, en un camino sin retorno, al fin del cual le espera, inexorable, la muerte. En el desarrollo de este análisis se destacaban con claridad 8. La frase del sueño: “... no me quiero hacer muchas ilusiones con esto” parecía  pertenecer a este grupo de ideas.

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dos formas distintas de vivir la temporalidad, que marcaron dos momentos bien diferentes durante este proceso: El primero, abarcando la etapa inicial del análisis, tiempo circular, de la repetición incansable de dietas, comidas y ejercicios, siempre idéntico a sí mismo. El segundo, marcado por un tiempo lineal, irreversible, como el de las hojas de su diario, inaugurándose con estas historias de amor que empiezan y terminan, con su gran amiga primero, con Ernesto después. Entre ambos, la escritura de un diario9 en el que veíamos operarse la transición que iba a conducirla desde un primer momento en el que veíamos a un «bebé» que solo «pensaba» en términos de sus necesidades «fisiológicas»10 : lo que comía, si tenía hambre, si vomitaba, a otro, en el cual la aparición de estas historias de amor inauguraba la creciente complejidad de un preconciente que al expandirse, habilitaba importantes procesos de simbolización. Durante años, e influidos creo yo, por el excesivo peso concedido a concepciones desarrollistas, se concibió la adolescencia como ocurriendo a lo largo de un proceso que incluía tres etapas fundamentales que se constituían a su vez en pasos limitantes; el fracaso en la resolución de una, impedía el paso a la siguiente. Las resumiría así: El adolescente debía desinvestir los objetos parentales investidos fuertemente durante la infancia. 9. Este recurso técnico introducido por desesperación -pero también por amor- en tanto  pedido por mí, es también escrito para mí. No parece sencillo pensar esta articulación  por la cual un diario «íntimo» es escrito para ser leído a otro. Algo sucede allí que  permite a la paciente comenzar a «pensarse» en una intimidad que es compartida conmigo, y que está guiada por un vector que se dirige hacia mí, guiado por la transferencia. Debo a Rodolfo Urribarri (comunicación personal) el descubrimiento de un artículo de P. Gutton y Bailly (1991) en el cual los autores utilizan este método de sugerir al adolescente la escritura en el caso de pacientes silenciosos con patologías narcisistas severas. Tal vez podríamos pensar que tal sugerencia se inscribe dentro de un marco similar a aquel que posibilita la madre que acerca a su bebé un objeto con el fin de que su bebé se aficione a él, con lo cual le descubre el amplio campo de los objetos y fenómenos transicionales. Ya ha sido señalado (Ortiz, A., 1995) que los escritos adolescentes se ubican además, en una suerte de espacio de transición entre el juego y la asociación libre. 10. Hay aquí un cuerpo que parece carecer de espesor psíquico.

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La libido, ahora liberada de esos investimentos, volvía al yo y explicaba la exaltación, el engrandecimiento del yo, la omnipotencia propias de esta edad. También, sus desarreglos narcisistas. Finalmente, esa libido, desde entonces narcisista, se encontraba ahora disponible para nuevas investiduras de objeto: ahora era posible un nuevo amor. Pero si la fijación a los objetos infantiles era muy intensa, entonces creíamos que no sería posible el desasimiento libidinal. Y si el desequilibrio narcisista provocado por el enamoramiento era muy intenso, entonces decíamos, este último no sería posible. Pero las cosas han revelado ser bastante más complejas. Lo que querría sostener, no es que estos procesos no sucedan sino el hecho –grávido en consecuencias teóricas y clínicas- de que sucedan simultáneamente. En otras palabras: lo relevante es su concomitancia, su simultaneidad, la forma en que se interfieren y se apuntalan recíprocamente en un continuo vaivén que los conduce sin cesar desde los nuevos objetos, a los objetos parentales y viceversa. La simultaneidad de ambos procesos es de tal naturaleza que el final desasimiento de las investiduras parentales sólo se lleva a cabo a medida que se tramita el duelo por ese amor imposible que es siempre “el primer amor” (Braconnier, 1998). Y lo uno, es inseparable de lo otro. Si el amor es desde el inicio también sufrimiento es porque el enamorado “sabe” del destino de ese primer amor. “Si fracasás habrás aprendido algo nuevo” decía Viviana, y agregaba: “No me quería enamorar de alguien para después tener que sufrir”. Y si el enamorado “sabe”, es en realidad porque esa pérdida, ya está ocurriendo. Pero ¿cómo es que sucede la “creación” adolescente del ob jeto de amor? La misma parece ocurrir en dos tiempos: El tiempo de la fantasía, de la “autoficción anticipatoria” 11 – 11. La “autoficción anticipatoria” ha sido descrita por C. David (1998) como una emergencia fantasmática singular que aparece en la pubertad y que parece continuar  con la “novela familiar” de la infancia. Esta nueva organización “novelesca ” adquiere durante la pubertad una importancia destacada y funciona como un organizador  auxiliar de las transformaciones adolescentes, como una especie de catalizador en la génesis de las primeras cristalizaciones amorosas.

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como la ha denominado C. David (1998), de la “alteridad imaginaria” como ha sido descrita por P. Gutton (1998). Momento íntimo de la creación o recreación puberal del objeto, en el cual se imagina y anticipa su encuentro. Y, en segundo lugar, “el tiempo de su realización” (C. David, 1998), momento angustiante, encuentro inquietante con la alteridad, dolor producido por el desencuentro entre fantasía y realidad. Pero puede suceder también que la superposición entre fantasía y realidad sea perfecta dando lugar a la pasión. En este sentido parece útil distinguir la capacidad de enamorarse, en íntima correspondencia con ese primer tiempo de la fantasía, que imaginariza y anticipa el encuentro con el objeto de amor, de la capacidad de amar, la que supone la necesidad de elaborar la herida narcisista que entraña el reconocimiento de la alteridad. No hay verdadero amor si no existe un reconocimiento del otro en tanto tal, lo que además supone, durante la adolescencia, que dicha alteridad deberá reconocerse no solamente en el campo del ser, sino además, en el campo de la diferencia sexual. En el momento en que Viviana se encuentra con Ernesto, su corazón «late fuerte» (podemos ver en ello la expresión desfigurada por un desplazamiento de abajo a arriba de otros «latidos», los del despertar de su sexualidad) y entonces se pregunta: ¿Debe responder «intuitivamente» o «racionalmente»? Y el problema planteado aquí, como en todo devenir adolescente, es una pregunta acerca de cómo conciliar aquello que proviene del cuerpo, con aquello que proviene de los ideales. Y en la adolescencia, con frecuencia, es el cuerpo quien va adelante 12 . Por suerte, esa noche, Ernesto (otro adolescente) siguió en el taxi, lo que permitió que pudiese desplegarse en el análisis ese tiempo precioso de la fantasía, de la ficción anticipatoria, sin el cual el tiempo de la realización corre peligro de transformarse en puro acto, genitalidad cruda, sin espesor psíquico. Green (1992) se ha referido a este punto sosteniendo que la verdadera fusión entre la corriente tier12. Urribarri (2003) ha descrito muy adecuadamente esta situación a través del material de un paciente que al fin de una sesión le decía: “estoy como corriendo detrás de mi cuerpo a ver si lo alcanzo”.

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na y la sensual, conduce a una relación que ya no llamaremos sexual, «sino con otra palabra supuestamente sinónima pero diferente: la relación amorosa». Luego Viviana habla de «sentir en carne propia»: es que cada amor, toca al adolescente en el cuerpo, en la carne, allí donde ella ha quedado marcada por el deseo. Cada amor adolescente hace marca en el cuerpo, se «encarna» y también nos deja «en carne viva». La disposición al amor, el desarrollo de una capacidad para amar 13 , nos hablan durante la adolescencia de un proceso que marcha bien. Pero todas aquellas que conocemos como patologías graves de la adolescencia la perturban, de manera más o menos radical, hasta el grado de una total invalidez para el amor.

Los adolescentes que no pueden amar «Se cree que todo enamorado está loco. Pero, ¿se imaginan un loco enamorado?  De ningún modo». De: «Fragmentos de un discurso amoroso» Roland Barthes.

El florecimiento de la sexualidad, el empuje del desarrollo sexual-genital que caracteriza a la pubertad hace que se reaviven 13. He mencionado en este trabajo, y en forma reiterada, la idea de un «desarrollo» de la capacidad de amar, pero ¿es posible hablar del amor adolescente en general? ¿Un concepto como el de amor, escapa a las consideraciones de género? ¿Es lo mismo hablar del amor si se trata de varones que de mujeres? En la viñeta presentada, se observa la creación de un amor, y esta «novela» la escribe una adolescente mujer. ¿Cómo podemos pensar la articulación entre la escritura de esta novela y la construcción de «lo femenino»? Hace ya muchos años, Blos (1979) señalaba la importancia que poseen las diferencias de género con respecto al comportamiento hacia el otro sexo y sostenía que las adolescencias tempranas del varón y de la niña son radicalmente diferentes. Mientras que el varón comienza su adolescencia con un decidido alejamiento del sexo opuesto que surge junto a los primeros signos del empuje   pulsional puberal y que lo conducen a un verdadero bloqueo de las investiduras (heterosexuales) de objeto, la niña, se nos aparece de entrada, como una «pequeña

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aquellas fantasías incestuosas a las cuales el deseo se soldó durante la infancia. Entretanto, el crecimiento ha hecho posible la satisfacción real, imposible en la infancia. El equilibrio narcisista logrado en la infancia es ahora sacudido con violencia por una vida pulsional que al tiempo que reclama su objeto, “sabe” de la necesidad de desprenderse de él. Paradoja del desarrollo adolescente que obliga a la renuncia de la satisfacción pulsional incestuosa, justamente en el momento en que el desarrollo sexual de la pubertad la hubiese hecho posible. Desinvestidura, desexualización de la pulsión a la que Gutton (1991) ha denominado “segunda latencia”. Así da comienzo una verdadera batalla en torno al deseo en la cual el adolescente intentará ensayar diferentes soluciones. Intentaré describir brevemente algunas de ellas:

La solución ascética: Frente al florecimiento de la vida pulsional, el adolescente parece encontrar en el renunciamiento y el sacrificio una buena defensa: es lo que he denominado la solución ascética. En el adolescente normal, dicha defensa, como ya lo ha señalado Anna Freud (1973) parece estar al servicio del yo y de su función de dominio sobre la vida pulsional. La investidura de objeto es siempre un peligro que amenaza al precario equilibrio narcisista propio de esta edad. Manejar la pulsión, dominarla, se transforma en una tarea insoslayable. Así pueden pasar de la voracidad sin límites, a las restricciones alimentarias más severas; de la agitación que les impide detenerse, a la inmovilidad completa, de la violencia a la compasión, de la necesidad imperiosa del grupo de pares, al más completo aislamiento, de la pulcritud, al abandono más radical de los hábitos de limpieza. La renovada lucha que el adolescente emprende día a día contra la masturbación, es otro buen ejemplo de esta defensa. La solución ascética, a través de la restricción, de la renunmujercita». Lo mismo podríamos sostener para la relación que parece establecerse desde el inicio -en el material presentado- entre la perspectiva del amor genital y sus íntimas relaciones con la maternidad, como algo que parece ser propio del desarrollo de dicha capacidad de amar en la mujer.

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cia, busca recobrar la amenazada ilusión narcisista de un cuerpo sin deseo. Frente a la dificultad de enfrentar el peligro que entraña la investidura de nuevos objetos de amor, el adolescente puede renunciar, y en ese movimiento recobrar la amenazada omnipotencia infantil. Claro que por ello, deberá pagar un precio alto. Green (1992) ha sostenido que “El narcisismo en la adolescencia nos hace remontar el curso de la historia más allá del edipo, a esa situación a la cual es más difícil renunciar que a una satisfacción erótica: aquélla en la que uno es la joya, la perla, la pupila del ojo de la madre. ¿Se cura uno de eso? Pasar a la conquista del objeto edípico y al renunciamiento de esa meta de la sexualidad infantil, para encaminarse hacia objetos ni incestuosos ni parricidas, es un largo, difícil y tortuoso camino donde muchos se detienen antes de la línea de llegada”. La solución ascética, si bien podemos encontrarla en diversos grados en todo adolescente es llevada a sus posiciones más extremas en la anorexia nerviosa. En estos pacientes, como he mostrado en la viñeta clínica, el ulterior desarrollo de una capacidad de amar –cuando se logra- implica todo un reposicionamiento con respecto al objeto y a su vida pulsional, augurando un cambio psíquico de extrema importancia y que es necesario explorar adecuadamente.

La huída: Otra forma de vérselas con la pulsión puede consistir en poner distancia, alejarse de los objetos incestuosos, en una actitud a la que Kaplan (1986) ha denominado «de fuga». Y esto puede expresarse de múltiples maneras: - Huída hacia el grupo de pares en el cual el adolescente encuentra refugio en tanto pone distancia con las figuras parentales. - Pero la huída puede ser también la propia del enamoramiento apasionado, pero que no transforma verdaderamente al objeto sino que sólo transfiere aquel amor infantil y así reencuentra en el nuevo objeto los viejos conflictos. Transferir el amor, no es lo mismo que transformarlo14 (Braconnier, 1991). Es por ello que no pode14. El trabajo de “transformación del objeto de amor” consiste para A. Braconnier 

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mos encontrar allí algo verdaderamente novedoso, un nuevo “diálogo de amor” (Kaplan, 1986) sino la simple repetición de los antiguos amores de la infancia. Ello los condena a la repetición y al fracaso. - Es posible también que el adolescente inmerso en el proceso de separación e individuación pueda recurrir al estado amoroso como forma de dejar en suspenso la experiencia depresiva insoportable que implicaría una elaboración del duelo en presencia de unos objetos parentales todavía demasiado ambivalentes. (Guillaumin, 1996) - La huída hacia delante, puede ser otra de las formas que adopta esta modalidad de la fuga. Ella sumerge al adolescente en una sexualidad promiscua sin ningún poder transformador, y sobre todo, sin la posibilidad de que la experiencia del amor promueva el crecimiento del sujeto. La huída en este caso se realiza a través de la actuación sexual.

La solución adictiva: Si el adolescente no logra transformar el apego originario a su primer objeto de amor quedará condenado a su búsqueda incesante a través de objetos sustitutos. Mc Dougall (1994) ha caracterizado al objeto adictivo, como un objeto transicional patológico. Al mismo tiempo que señala que la cualidad específica del objeto adictivo –a diferencia del (1991) en la transformación del lazo de apego original con la madre, primer objeto de amor . Este trabajo se lleva a cabo a través de la construcción de una “ilusión amorosa” con un objeto trasformado. “Este modo de construcción del objeto ya se ha desarrollado, con algunas variantes, en el transcurso de la infancia y en particular  de la primer infancia, pero lo que parece específico del adolescente, reposa sobre el hecho de que esta cualidad transformacional del objeto para ser observada necesita de dos condiciones. Una, como lo ha subrayado R. Diatkine, es que el adolescente  pueda prestar al objeto amado una capacidad de amar susceptible de reemplazar el   fantasma del amor objetal parental, y en particular del amor materno absoluto. Posibilidad que depende en gran parte de lo que ha transcurrido en la infancia. La otra, es que el adolescente, bajo el peso de nuevas aspiraciones libidinales, pueda  prestar al objeto amado una capacidad de amar diferente de la suya, es decir una capacidad susceptible de reemplazar la fantasía del amor bisexual.”

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verdadero objeto transicional- es la de ser absolutamente incapaz de promover un cambio duradero en la estructura psíquica. Su acción, como la de la droga es efímera. Esto hace que el sujeto deba buscarlo incesantemente en el mundo exterior, y en esa tarea, no hay descanso posible. Desde este punto de vista, sería más adecuada la denominación de objetos transitorios, denominación que Mc Dougall encuentra más acertada que la de objetos transicionales. Amar a las personas, como si en realidad se tratara de drogas, puede ser concebida como una forma arcaica del amar que intenta cortocircuitar, evitándola, aquella conflictiva propia de todo amor adolescente, es decir la que se desarrolla entre investiduras narcisistas e investiduras de objeto. Pero también es necesario referirse aquí a las conductas adictivas propiamente dichas, cualquiera sea su naturaleza: la adicción a las drogas, por supuesto, pero también la adicción al hambre, como en la anorexia, o la adicción a los vómitos, como en la bulimia. Los procesos que he descrito, pueden entenderse como fracasos en la posibilidad de desarrollar una verdadera capacidad de amar15 , aunque en grados menores, y con inmensa movilidad entre las distintas formas que he planteado podemos verlos también en el desarrollo de cualquier adolescente normal.

¿Amor de transferencia o transferencia del amor? Por último, no quisiera terminar sin por lo menos hacer una breve referencia al tema del amor de transferencia. En un artículo reciente, F. Ladame (1998) ha señalado la necesidad de pensar las características particulares y la pertinencia de un concepto como el de amor de transferencia cuando lo aplicamos a esta época par15. Seguramente podrían describirse aún otros tipos de «soluciones» como la «solución depresiva» o «la solución suicida» también frecuentes durante la adolescencia.

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ticular de la vida. ¿Pueden considerarse equiparables, en este punto, la clínica de adultos y la de adolescentes? Y si contestamos que no: ¿cómo pensamos sus diferencias? ¿Nos es verdaderamente útil, para pensar la clínica con adolescentes, un concepto como el de amor de transferencia? Comencemos por la clínica: creo que todos podríamos coincidir en que el amor de transferencia no es un hecho común en el análisis de adolescentes. Sin embargo, esta constatación clínica, no es sencilla de explicar teóricamente. En la adolescencia ¿más que hablar de amor de transferencia, no deberíamos hablar de transferencia del amor16 ? La figura del analista se encuentra demasiado próxima a la de los padres (lo incestuoso y parricida), y esto no es lo suficientemente “lejos” para el adolescente. Los amores de transferencia, durante la adolescencia, se viven en general fuera de la transferencia -con el analista-, allí donde el adolescente puede lograr verdaderamente la “transferencia” del amor, a una distancia prudencial con respecto a los objetos incestuosos. ¿Cuáles son las consecuencias de esto? Que en lugar de establecerse una neurosis de transferencia – como tal vez sucedería en el análisis de un adulto, se desarrolla algo a lo que podríamos llamar una “neurosis de amor”. Hablo de neurosis de amor 17  para realizar un paralelismo con la neurosis de transferencia. El adolescente, incapaz de elaborar (o tramitar) la desinvestidura de sus primeros objetos de amor, transfiere dicha investidura sobre un partenaire amoroso (el primer amor). De esa forma se desarrolla una “neurosis”, “neurosis de amor”, en la que luego el analista descubrirá los elementos constitutivos de la neurosis infantil, al modo en que Freud lo planteaba para la neurosis de transferencia. 16. En realidad, esta pregunta encierra una tautología. El amor de transferencia es una transferencia del amor. Lo que quiero expresar aquí, es que este desplazamiento no siempre se realiza sobre la figura del analista. 17. Tomo este término de Braconnier, aunque le doy un sentido diferente al planteado por  el autor. Braconnier utiliza este término para referirse a la situación de un amor  adolescente infiltrado por la conflictualidad edípica, y con el fin de distinguirlo de otras situaciones que podrían ser consideradas como verdaderas “adicciones amorosas”.

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Resúmen El Amor en la Adolescencia.( Los adolescentes que no pueden amar) Gonzalo Varela Viglietti

Abordar un tema como el del amor no es tarea sencilla. La pregunta acerca de la importancia que podría concederse a la experiencia amorosa en el curso del proceso adolescente guía las reflexiones del autor en este trabajo. La disposición para el amor es tomada como un confiable indicador de un reposicionamiento libidinal y narcisista que habla de un proceso que marcha bien. Las patologías graves de la adolescencia perturban rápidamente la capacidad del adolescente para establecer lazos de amor. Las ideas desarrolladas se ilustran a través de la presentación de una viñeta clínica. Finalmente, se aborda el problema de los adolescentes que no pueden amar y las diferentes «soluciones» que ellos encuentran.

Summary Love during adolescence. (Adolescents who can’t love). Gonzalo Varela Viglietti

To tackle a topic like love is not an easy task. The importance that one could concede to the experience of falling in love during the adolescent process is a guideline for the author in this paper. The availability to fall in love is taken as a reliable indicator of a new libidinal and narcissistic stance, all of which shows a process that is going on well. The serious pathologies during adolescence rapidly upset the young person’s capacity to establish love bonds. These ideas are illustrated through a clinical vignette. Finally, the author faces the problem of adolescents who can’t love and the various “solutions” to which they arrive.

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Descriptores:

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ADOLESCENCIA / AMOR / ENAMORAMIENTO / OBJETO DE AMOR /  AMOR DE TRANSFERENCIA /  MATERIAL CLÍNICO / 

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